“Cómo nos odiamos todos…

Acaban de llegar mis nuevos vecinos.

No es de extrañar la rapidez con la que se ha vendido el piso adyacente al mío: vivo en un edificio en el que el mayor atractivo de las viviendas, aunque no el único, son sus terrazas. Amplias, luminosas, con vistas a un jardín fantástico donde los niños juegan. El lugar idóneo donde empezar a construir sueños.

El hogar de al lado se ha llenado otra vez de vida: ahora mismo es un ajetreo de subidas, bajadas, muebles, cajas, enseres y conversaciones acaloradas sobre cómo colocar todo. Risas de felicidad. Ladridos de un nuevo perro.

Intento hacer caso a la Maga y Oliveira, que descansan entre mis manos, pero no me concentro. El ruido y el recuerdo no me dejan. Porque todavía me acuerdo de ellos, de quienes fueron sus predecesores.

Llegaron de la misma forma. En tropel. Su impetuosidad lo llenó todo durante varios días, hasta que por fin se acomodaron. Eran una pareja de recién casados, jóvenes. Él, alto, corpulento, clásico. Ella delgadita, morena, inocente. Enamorados. Soñadores. Felices.

Gracias a la proximidad de nuestras terrazas, fui testigo privilegiada de todo lo que construyeron. Recuerdo las noches de verano en las que, sentados en las sillas de plástico, miraban al cielo mientras se decían “te quiero” y se juraban que estarían juntos para siempre. La recuerdo a ella, embarazada, regando su planta, mientras él rodeaba con sus brazos aquél abdomen que albergaba el futuro. Uno, dos, tres… Tres fueron los niños que fueron llegando durante todos aquellos años. Recuerdo sus debates sobre el mejor modo de reprenderlos cuando hacían alguna travesura. Recuerdo sus caras de cansancio después de jornadas de trabajo agotadoras, cuando salían a aquella terraza a fumar el último pitillo de la noche mientras el aire gélido les cortaba la piel de las mejillas. Recuerdo cómo cada vez les veía asomarse juntos con una frecuencia cada vez menor. Recuerdo cómo poco a poco empecé a escucharles discutir enardecidamente, prácticamente a diario, a través de ese tabique que nos separaba. Recuerdo cómo, un buen día, él decidió marcharse.

Recuerdo aquella terraza vacía y aquella planta marchita.

Poco después, no les volví a ver. Su presencia se había trocado por un cartel de una inmobiliaria.

Suena el timbre y su chirrido repentino me saca de mis recuerdos.

Son los nuevos vecinos. Una pareja joven, feliz, soñadora, enamorada. Necesitan saber dónde están las llaves de paso. En su piso no hay agua corriente aún. Sonrío y amablemente les indico. Todo es empezar.

…sin saber que el cariño es la forma presente de ese odio”.

3 comentarios sobre ““Cómo nos odiamos todos…

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  1. Me llama mucho a atención cómo escribes. Tienes una gran facilidad para poetizar las situaciones, aunque éstas pudieran parecer banales. La verdad escribes muy bien, por lo que voy leyendo de ti, de modo que seguiré viendo tus entradas. Buen tema, ¡el de los nuevos vecinos! Confidencia por confidencia. Cuando se fueron mis anteriores vecinos y vinieron los siguientes comprendí que los anteriores eran una verdadera joya y nunca me arrepentiría bastante de que se hubieran ido. Con los nuevos, estuve a punto desquiciarme: ruidos y más ruidos a cualquier hora del día y de la noche… Hasta pensé yo cambiarme de piso, porque eran de esos que “encima” no son conscientes de lo que hacen y cómo se comportan… ¡Cómo para ir a pedirles una pequeña reflexión! En fin, yo siempre creía que a los más vecinos, a los más cercanos, se les tendría mucho más cariño y mucha más… Pero yo creo que no, que cuanto más cerca están y más te incordian más insoportables te parecen. Y es que con el resto de vecinos, fenomenal: no los oyes, ni te oyen ni los incordias ni te incordian… ¡Esos sí que son unos buenos vecinos!

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