Ya casi navego a la deriva, entre dos mundos inexistentes, y me pregunto:
“¿Para qué servirá todo esto?”
Camino por las mismas calles de siempre, a mi lado, el silencio.
El continente no ha cambiado apenas nada, pero falta el contenido.
“El ayer se ha ido, el mañana aún no existe”, me repito cada día frente al espejo. Dicen que si repites cien veces una mentira, se acaba convirtiendo en verdad.
Ya no me queda apenas nada.
Sólo los juegos con los que adorné mi niñez, esa que aún vive en algún recoveco de mí. Sólo las travesuras, las risas, los sueños, los amores que acabaron siendo odiados. Y la esperanza, maldita, esa que a veces también se va a hacer compañía a las ruinas que descansan bajo mis pies.
Hay una parte de mí que me aguarda al otro lado. Tranquila, espero que las fuerzas me duren para cruzar los últimos metros, y llegar a tu lado, donde volveremos a ser una, no sé si mejor, o peor.
Pero al menos, nueva.
(Imagen tomada de pixabay.com)
Lo nuevo a menudo se levanta a partir de restos de derribo. Es lo ecológico de moda. Un saludo.
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Gracias por tu comentario, Carlos. En unos días me enfrentaré al examen MIR. Espero, como bien dices, empezar una nueva vida a partir de entonces. Eso es lo que he intentado reflejar en mi entrada. Un saludo afectuoso 🙂
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