Melodía

Atardece. Cierra la ventana, la habitación ya está suficientemente ventilada. Se viste con una mezcla de pereza y ganas de salir a la calle a respirar el resplandor de una primavera que parece no llegar. Necesita desesperadamente algo que la rescate de la caída al enorme vacío en el que se ha convertido su alma. Los charcos del suelo le devuelven el reflejo del cielo. Y del futuro. Porque si el futuro se pudiera racionalizar a algo tangible, seguro que ese algo se parecería a la incertidumbre de borrascas sin fin alternadas con salvadores días de sol y piar de pájaros.

Un desconocido la saluda. Parece emocionado de reencontrarse con ella, de una forma tan fortuita, en ese pueblo perdido en el medio de ninguna parte. Confusa, intenta buscar alguna referencia en los recovecos de su memoria que le lleve de nuevo al lugar o la época donde coincidió con ese rostro surcado de arrugas que le sonríe efusivamente. A lo lejos, se escucha música procedente de algún edificio del pueblo. Repentinamente recuerda, es el profesor de piano del colegio donde cursó la educación primaria, y de nuevo la zozobra le invade. Durante unos minutos charlan sobre cómo les ha ido la vida. Él ya se ha jubilado. Ella empezará a trabajar próximamente. Se despiden con un fugaz apretón de manos, y cada uno continúa sus pasos en direcciones opuestas.

Después de este cruce de caminos, Minerva cierra los ojos, y envuelta en la melodía del concierto de música clásica que el ayuntamiento ofrece en el salón de actos, se pierde en pensamientos que la transportan a su infancia, a los días en que aquel inquietante profesor intentaba enseñarle sin demasiado éxito los primeros acordes al piano. No es que se le diese mal, de hecho, el piano le encantaba. Pero ya entonces, con seis o siete años, no se consideraba digna de tocar tan elegante instrumento. En realidad, se sentía digna de demasiado poco. Las lecciones que recibió habían sido otras. Y de repente, se sintió estúpida. Porque, después de tantos años, se había vuelto a sentir coaccionada. Perdonar sí, era necesario para seguir avanzando. Pero ese saludo tan estúpidamente cordial había estado totalmente fuera de lugar. Siguió caminando, taciturna.

Sin darse cuenta, se encontraba en el salón de actos del ayuntamiento. Tal vez el hipnótico sonido de la música la había atraído hasta allí. El lugar estaba abarrotado, por lo que tuvo que permanecer de pie. El alcalde podría anotarse una victoria en su afán por sembrar la semilla de la cultura en la vulgar población a la que tenía el honor de servir, pensó. A pesar de que la acústica del lugar no era buena, decenas de discutidores de barra de bar, verduleras de peluquería barata y adolescentes idiotizados por las nuevas tecnologías nadaban ahora en las mismas aguas, en una especie de comunión sensorial bendecida por las notas de la banda, que interpretaba con pulcritud casi celestial el Canon de Pachelbel.

(…)

(Imagen tomada de pixabay.com)

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