Alienación 2.0

Querid@s aprendices de la nada, hoy tengo para vosotr@s un nuevo artículo de opinión acerca de un fenómeno cada vez más presente en nuestra sociedad. Se trata de lo que me he permitido bautizar como “Alienación 2.0”. Es un tema que tengo bastante reflexionado desde hace tiempo, incluso ya he escrito cosillas sobre ello (podéis leer aquí mi carta publicada el año pasado en el Diario de León).

La decisión de resucitar el tema (no sé si resucitar es la palabra adecuada, porque para mí este debate nunca morirá, a menos que la dinámica de las cosas dé un giro de 180 grados -cosa que no creo que ocurra a corto plazo-) la he tomado a raíz de una conversación que he tenido recientemente con una amiga sobre el escándalo de la filtración de los datos de millones de usuarios de Facebook en la campaña de las últimas elecciones de EEUU, y de cómo esta filtración y mala utilización -sin permiso- de estos datos influyó en el resultado final de dichas elecciones.

Este artículo es totalmente personal, y en él he decidido compartir mi visión de las cosas. Por eso no pretendo crear consenso, ni una nueva religión, sino fomentar el debate. Pero creo que es importante que se sepa hacia dónde caminamos. Porque siempre es más fácil defenderte de algo si estás prevenid@. Aunque supongo que a much@s de vosotr@s no os descubriré nada nuevo, puede que haya personas que no se hayan planteado aún el alcance real del desaguisado.

EL CAPITALISMO Y EL MONOPOLIO DE LA INFORMACIÓN

Aunque tengo curiosidad y procuro leer e informarme, no soy ninguna entendida en economía, ni tampoco en sistemas políticos. Por eso, os voy a poner primero la definición oficial de “capitalismo”, que es el sistema económico-político-social en el que vive la mayor parte del mundo actualmente:

“El capitalismo es un sistema económico y social basado en que los medios de producción deben ser de propiedad privada, el mercado sirve como mecanismo para asignar los recursos escasos de manera eficiente y el capital sirve como fuente para generar riqueza. A efectos conceptuales, es la posición económico-social contraria al socialismo”. Para leer más: aquí la fuente.

Ahora os voy a poner la definición mía de “capitalismo” (que, reitero, es una opinión surgida de una persona que no es ni muchísimo menos experta en el tema, así que, los que no estéis de acuerdo con ella, os pido benevolencia con vuestros sartenazos):

“El capitalismo es un sistema económico y social basado en que una minoría de la población mundial controla un porcentaje cada vez más elevado de la riqueza y los medios de producción y vive a todo tren a expensas de crear necesidades absurdas e ilógicas a la otra gran mayoría de la población mundial, necesidades que son percibidas por esta como progreso gracias a un complejo y sutil sistema de desinformación”.

No voy a entrar en el debate acerca de si el capitalismo es bueno o malo. No es el propósito de este post. Creo que cualquier tipo de ideología puede ser dañina si se exceden ciertos límites. Por eso creo que el capitalismo actual es malo, no por el capitalismo en sí, sino porque pienso que dichos límites ya se han excedido, y se seguirán excediendo si nadie le pone remedio. Pero reitero, ese no es el propósito del post. Así que, después de esta introducción, continúo con el tema principal.

¿Qué tiene que ver el capitalismo en todo esto?, se preguntarán muchas personas.

Tiene que ver, tiene mucho que ver.

Sabemos que vivimos inmers@s en un sistema en el que un@s poc@s (en realidad casi tod@s, pero sólo un@s poc@s están en la cúspide, en el Olimpo de la élite mundial) buscan enriquecerse a costa de crearnos necesidades absurdas que nos parecen súper útiles y avanzadas (y lo son, el problema es el fin último que se persigue con ello).

Me explico punto por punto, porque al final esto es un proceso con diferentes partes y actores involucrados:

1- L@s poc@s que están arriba: Hablo de las élites que manejan los hilos de la política, monarquías, jeques del petróleo, grandes empresas y corporaciones, grandes banqueros y magnates. Buscan seguir estando arriba y amasar cada vez más riqueza y poder, en definitiva, que nadie les arrebate su lugar en el podio del orden mundial.
2- La forma en que consiguen su propósito: Vendiéndonos muchas cosas a l@s much@s que no estamos en ese podio. Nos venden sus productos, nos venden sus ideas como las mejores, nos venden su supuesta protección y nos venden el statu quo de las cosas como el único posible. Y todo ello lo disfrazan de avance, de progreso, de carrera hacia el infinito.
3- Los que no están/estamos arriba, que somos la gran mayoría: Compramos. Compramos productos, compramos ideas, compramos de todo, porque en este mundo es posible comprar de todo. Y estamos encantados con ello, porque, indudablemente, tener móviles cada vez mejores, coches cada vez más rápidos y con mayores comodidades, ropa y calzado cada vez más bueno/bonito/barato y estar cada vez más conectados e informados es guay, es progresar y es bueno y deseable. ¿Qué duda cabe? Y también, porque hacer todo esto es mucho más cómodo y fácil que plantearse que quizá otra vida y otra forma de hacer las cosas sería posible.

En este punto, ya estamos en condiciones de entender en qué se están convirtiendo la tecnología (smartphones, ordenadores, smartTVs…), internet y toda forma de actuar en nuestra vida diaria que suponga un contacto con la realidad online. Existen dos significados distintos en función de qué actor seas en la película:

1- Para l@s poc@s que están arriba: La tecnología, internet y la realidad online (a partir de ahora TINRO, por abreviar -la N la he dejado porque si no quedaba un acrónimo un poco feo-) es un instrumento de dominación excelente, que, como buen instrumento de dominación, se usa de una forma bidireccional. A través de él recolectan información acerca de nosotros, de las masas a las que pretenden dominar. ¿Cómo? Mediante toda la información que compartimos de forma voluntaria cada vez que interactuamos en las redes sociales, con cada búsqueda que hacemos en Google o con cada app que descargamos para facilitarnos un sinnúmero de tareas que hasta hace nada sabíamos resolver de forma más o menos autónoma. Con toda esta información, cada vez saben más acerca de nosotr@s, qué nos gusta, qué no, cuáles son nuestras inquietudes, a qué hora nos vamos a dormir, a qué hora nos levantamos, quiénes son nuestr@s amig@s, el lugar de nuestras vacaciones, nuestra ideología política o qué trabajo nos da de comer. Con esto quiero decir que cada vez nos conocen más y mejor. Y la mejor forma de manipular a alguien es saber cómo es, qué le mueve a actuar y en qué círculos se relaciona. Sabiendo todo esto, nos crean necesidades, y los anuncios con que nos bombardean son cada vez más personalizados, más empáticos, conectan más con nosotr@s, aumentando exponencialmente las posibilidades de que piquemos y compremos. Por otro lado, y lo que me parece más grave, conociendo las opiniones y las ideas de un amplio porcentaje de la sociedad se puede influir en el resultado de elecciones y de decisiones tan relevantes como la salida de un país de la UE, seleccionando la información que le llega a esa parte de la población que disiente con los intereses de las élites.
2- Para los que no están/estamos arriba: TINRO es el progreso (reitero, ¿qué duda cabe?). Las redes sociales nos sirven para estar en contacto con amig@s a los que hace tiempo no vemos, para desinformarnos y para compartir nuestra vida (¿realmente nos sirven para esto? En este punto tengo que haceros una recomendación, se trata de un post del blog Psicosupervivencia, de la psicóloga Marina Díaz, post que quizá os haga replantearos vuestra relación con las redes sociales), en internet buscamos todo lo que nos pueda ser necesario, en internet nos entretenemos con cientos de series y películas, en internet está mi blog, y a través de la realidad online hablamos todos los días con cientos de personas a las que podemos estar sin ver físicamente durante meses o incluso años porque con el whatsapp no hace falta verse ni llamarse, o nos da más pereza. Cada vez necesitamos más cosas (¿realmente las necesitamos?) y estas necesidades pueden ser cubiertas fácilmente porque somos una sociedad moderna y avanzada.

Todo esto está muy bien, desde luego, pero a mi modo de ver las cosas, el precio a pagar por el progreso parece ser nuestra privacidad y nuestra capacidad para ser individu@s crític@s y racionales. En el fondo, cada vez estamos más alienad@s.

APPTUALIZACIÓN, UN FENÓMENO EN BOGA

Una manifestación más de toda esta ¿necesaria? tecnificación de las sociedades postmodernas es la moda de las apps, esos programas para smartphones/ ordenadores que, bajo mi punto de vista, no sólo sirven para facilitarnos un sinnúmero de tareas que, hasta hace muy pocos años éramos capaces de hacer por nosotr@s mism@s, sino que también sirven para que cada vez vivamos de una forma menos natural y más encorsetada. Hemos dejado de ser esos remer@s que navegaban en el río de la vida y que, como buenos barquer@s, sabían lidiar con las corrientes -a veces benévolas, a veces llenas de ramas y pequeños obstáculos- y solucionar los problemas y bagatelas cotidianas con ingenio y reflexión, para pasar a convertirnos en una especie de máquinas que actúan de acuerdo a las directrices de otra máquina que nos acompaña las 24 horas del día y que ya casi piensa por nosotros. Me explico con algunos ejemplos prácticos:

1- Las mujeres, durante millones de años, hemos sido capaces de controlar nuestros ciclos menstruales de memoria o, como mucho, apuntándolos en una libreta. Y siempre lo hemos hecho muy bien. Ahora, nos han hecho creer que necesitamos una app que nos diga cuándo vamos a estar con la regla, cuándo vamos a ovular y si llevamos tres o cinco días de retraso.
2- L@s amantes de la lectura éramos capaces de vivir de forma natural nuestra afición sin necesidad de ninguna app en la que apuntar listas interminables de libros por leer, libros leídos, opiniones a compartir con otros usuarios –virtuales, por supuesto-. Los libros venían a nosotros de una forma muy bonita, los encontrábamos en estanterías de librerías o bibliotecas, a veces la lectura de uno servía como puerta de entrada a otra serie de ejemplares del mismo estilo, o eran préstamos de un amig@ que había leído ese título tan atractivo y nos lo recomendaba -en persona- tras una interesante tertulia.
3- Las personas que hacían deporte salían a correr, por ejemplo, y daban de sí lo que podían, y lo más importante, procuraban disfrutar sin pensar en nada más. Ahora, una app muy útil para verificar el progreso que llevas, y que comparte en tus redes sociales la distancia recorrida y el tiempo utilizado, se convierte en una especie de monitor gruñón que puede hacerte sentir mal si te muestra que has corrido menos distancia que ayer o has tardado 10 minutos más.
4- Hace poco tiempo, si te perdías en una ciudad, preguntabas a alguna persona oriunda del lugar para que amablemente te indicase. Esto favorecía el contacto humano (por pequeño que fuese, ya era un diálogo entre dos personas) y el desarrollo de habilidades de orientación. Visitar sitios nuevos era toda una aventura. Ahora también, pero… bueno, está Google maps para ayudarnos y así no hablamos con nadie y tampoco hace falta pensar si la dirección correcta es por ésta o por aquella calle.
5- Las personas estamos cada vez más conectadas, pero mediante medios que favorecen un contacto menos real. Personalmente, estoy empezando a recuperar la costumbre de llamar por teléfono a personas que aprecio, pero están lejos. Me siento mucho más llena y tengo la sensación de que todo es más verdadero después de una conversación de 10 minutos, que tras 200000 whatsapps o 100 me gustas en Facebook. Y por supuesto, no hay nada que iguale, ni de lejísimos, al contacto cara a cara.

Podría seguir, porque hay apps para todo lo imaginable: para pedir comida online, para controlar nuestros ciclos de sueño, para aprender idiomas, para jugar a todos los juegos del mundo, para madres, para abuelos, para niños… Pero no merece la pena seguir, porque creo que lo que quiero decir está claro. Nos estamos convirtiendo en una especie de autómatas sin capacidad real de decisión y de relación interpersonal, estamos perdiendo la creatividad, la capacidad de pensar y de resolver problemas por nosotr@s mism@s. Y una sociedad llena de individu@s así, apptualizad@s, es muy útil para los intereses de las élites. Y se da la circunstancia de que la mayoría de estas apps son gratuitas, el precio a pagar por todas las supuestas comodidades que nos ofrecen es, una vez más, la información. Volvemos de nuevo al mismo punto. A través de las apps estamos compartiendo una cantidad ingente de información (de acuerdo a mis ejemplos: cómo son nuestros ciclos menstruales, qué libros leemos, si hacemos deporte y estamos en forma, a qué ciudad hemos ido, con quién nos comunicamos más y con quién menos…) de nosotr@s mism@s sin apenas darnos cuenta, información que pasa a estar en la nube y, ¿quién sabe en qué manos puede caer y qué intenciones tendrán estas manos?

PERO… HAY ESPERANZA 🙂

He pintado una realidad bastante fea, lo reconozco. A lo mejor soy un poco conspiranoica, pero, en cosas así, prefiero aplicar ese refrán que siempre decía mi abuela: “piensa mal, y acertarás”. Y ella siempre acertaba.

No digo que la solución sea tirar los smartphones, tablets y ordenadores por la ventana y volver a vivir a las cavernas. Se trata de aprovechar las ventajas que todos estos progresos nos ofrecen, pero sin dejarnos caer en las redes del consumo desmedido, que, bajo mi punto de vista, es el fin último de todo. Creo que la clave está en ser más comedid@s. Al final, se trata, como casi todo, de hacer un proceso de introspección y de conocerse perfectamente a un@ mism@. Así, puedes ser más consciente de tus verdaderas necesidades y utilizar sólo aquellas apps que de verdad necesitas, que estoy convencida, de que no son más de cinco, y de no dejar que te conviertan en una especie de robot (una tarea, una app). Sabiendo que vivimos en un mundo que quiere que compremos, reflexionar un poquito antes de adquirir tal o cual cosa. Por ejemplo, si quiero un móvil que tenga buena cámara, pensar por qué lo quiero antes de cambiar el que tengo y que aún funciona bien. Si quiero la cámara para que mis fotos sean mejores y tengan cientos de “me gustas”, probablemente he caído en la trampa y soy como un hámster dando vueltas en la rueda. Pero, si lo quiero porque siempre dependo de que otras personas hagan fotos y me las pasen para tener recuerdos de mi vida, OK, adelante. Y sabiendo que vivimos en un mundo en el que los de arriba quieren seguir estando arriba, sea como sea, procuremos ser crític@s, no creernos a pies juntillas todas las noticias, pensemos, contrastemos, busquemos a quién le puede interesar, y por qué, eso que nos están contando. A lo mejor nos sorprendemos, y ese titular que viene disfrazado de “verdad absoluta” resulta ser simplemente un cebo para dirigirnos de cabeza a la trampa.

(Si has llegado leyendo hasta aquí, te doy las gracias. ¿Tú qué piensas de todo esto? Puedes dejar tu opinión en los comentarios, aunque sea diametralmente opuesta. Una de las cosas más humanas que hay es, precisamente, debatir. Y este artículo, al final, trata de poner sobre el tapete la peligrosa deshumanización que vivimos).

 

(Imagen tomada de pixabay.com)

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