Melodía (II)

(…)

Después de casi una hora de música y melodías de ensueño, el maravilloso concierto tocó a su fin. Tras los aplausos y los agradecimientos de los intérpretes y el discurso de despedida del alcalde, el aura de perfección y refinamiento que los sonidos habían conseguido instaurar en aquel público tan mundano, pareció esfumarse como un espectro, espantado por el ruido de las butacas al plegarse y los cientos de pasos que se dirigieron en tropel hacia la salida. Minerva, que hasta entonces había permanecido en un estado de casi hipnótica atención y comunión con el cosmos, regresó de golpe a la realidad. De pronto, se vió casi sola en medio del salón de actos, únicamente quedaban ella y algunos músicos que recogían sus atriles y guardaban sus instrumentos en los estuches. Uno de ellos había llamado vagamente su atención durante el acto, se trataba de un joven que tendría aproximadamente su edad, unos treinta años, alto, de pelo casi negro y que portaba unas gafas que le daban cierto aire de intelectual. Mientras observaba cómo guardaba su clarinete, de pronto su imagen le resultó familiar, sin que supiese precisar exactamente el por qué. Entonces, él pareció reparar en la presencia de ella y sus miradas se cruzaron durante algunos segundos. Sin darse cuenta, Minerva se sorprendió de pronto sonriendo a aquel extraño. A su vez, él le devolvió la sonrisa, y desapareció por la puerta lateral del escenario.

Minerva salió del salón de actos y se dirigió a la calle. Cuando estuvo fuera, permaneció un momento dubitativa. Sus opciones aquella noche en ese pueblo eran escasas: ir a dar su consabido paseo bajo la claridad hipnótica de la luna, o cambiar por una vez sus rutinas, hacer de tripas corazón e ir al bar donde las gentes debatían a gritos, comían y bebían como si no hubiera un mañana y se enzarzaban en estúpidas disputas motivadas por los resultados del fútbol o por cualquier asunto baladí de la vida cotidiana. Decidió que esa noche haría lo segundo. A pesar de ser una chica culta, con un buen puesto de trabajo por estrenar próximamente, con una familia que la quería y con montones de amigos dispersos por toda la geografía, se sentía desgraciada. Por eso había decidido pasar sus vacaciones sola en aquel poblachón. Necesitaba encontrarse de nuevo a sí misma, indagar en los motivos que la llevaban a sentirse así. Siempre había intuido que, de alguna forma, su pasado la paralizaba. Y aquél encuentro fortuito con su antiguo profesor de piano en aquel lugar tan insospechado había sido como un aldabonazo en su mente. Nunca más volvería a esconderse. Nunca más volvería a sentirse culpable. Por eso se fue al bar, para ver y que la vieran. Para no caer de nuevo en la culpa. Si alguien tenía que sentirse culpable, desde luego, no era ella.

(…)

(Imagen tomada de pixabay.com)

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