Melodía (III)

(…)

Desde el tablero de la mesa en la que había conseguido sentarse la contemplaba la cerveza que había pedido, y mientras esperaba a que le trajeran la ración de patatas bravas con que había decidido acompañar la bebida, levantó la cabeza y contempló el ambiente a su alrededor. Era el único bar del pueblo, y el griterío era ensordecedor, conversaciones en un tono irritantemente alto se entremezclaban con el tintineo de las copas y los platos y la música que emitían unos altavoces colgados en las paredes. Una algarabía confusa que no sabría decir si en aquel momento le resultaba cómoda o incómoda.

Minerva observó que los músicos del concierto también estaban en el bar. Se encontraban de pie, ocupando una parte de la barra, muy cerca de donde ella estaba sentada, y también comían y bebían mientras mantenían una discreta conversación. Sus voces no se distinguían a causa del maremágnum de conversaciones que flotaba en el ambiente, pero se apreciaba que la charla era trivial, porque reían y brindaban con sus copas y vasos entre carcajada y carcajada. Minerva se quedó mirándoles, aun a riesgo de parecer hipnotizada. No lo podía evitar. Había algo en la música, los músicos, los instrumentos y todo su universo que la absorbía, que la perturbaba y la apasionaba a partes iguales.

De repente, una señora que caminaba en dirección a su mesa, y que llevaba ambas manos ocupadas con dos cafés hirviendo, tropezó con un niño que correteaba por el bar, derramando uno de los cafés sobre el pecho de uno de los músicos, el cual profirió un grito de dolor al sentir el líquido quemar su piel. Hubo unos momentos de confusión, por un lado la señora pidiendo disculpas al muchacho y por otro maldiciendo a gritos al niño que se le había cruzado, por otro lado la madre del pequeño reprendiendo a su hijo por escaparse de su lado. Y en el otro extremo, el músico con su camisa blanca marcada por una mancha enorme de color marrón, el cual se había dado la vuelta en búsqueda de servilletas con las que arreglar parcialmente el desaguisado mientras sus compañeros de banda se reían a causa de la anécdota. Minerva había observado todo esto desde su mesa y no pudo evitar ponerse en pie y acercarse al chico para ayudarle. Se trataba del clarinetista, quien había llamado su atención hacía escasos momentos en el salón de actos de ayuntamiento al finalizar el concierto, y ella le volvió a sonreír al preguntarle:

–  ¿Estás bien? Te he oído gritar cuando te ha caído el café encima.

Él la miró sorprendido de que alguien se interesase no sólo por la mancha de su camisa, o por lo jocoso de la situación, sino por el dolor que había sentido al quemarse.

– Gracias. Supongo que debajo de este estropicio tendré una buena quemadura- le contestó él, devolviendole por segunda vez la sonrisa.

– A lo mejor debería verte un médico. Si quieres te acompaño al centro de salud del pueblo, las urgencias están abiertas 24 horas.

– No creo que sea necesario, ahora voy al lavabo y me lo miraré yo mismo.

– Soy farmacéutica, si ves algo extraño me puedes preguntar- contestó Minerva, sorprendida de su propia valentía al prolongar aquella conversación con ese chico que le generaba una especie de inquietud, al resultarle conocido sin saber por qué, y sin ser ajena a los comentarios bisbiseantes y las risitas que estaban empezando a emitir los compañeros del músico quemado por el café.

– Me llamo Juan, ¿y tú?- dijo él

– Yo soy Minerva, encantada de conocerte. El concierto ha sido muy bueno, me ha encantado. La interpretación  ha sido estupenda. Ya se echaba de menos algún acontecimiento cultural en este lugar.

– Gracias, me alegro de que te haya gustado. Eres la primera persona de este pueblo que me lo dice- contestó él, de nuevo sonriendo.- Bueno, como te dije, voy un momento al lavabo a ver qué ha pasado con mi torso. Espero no tenerlo en carne viva, la verdad es que me duele- dijo riendo.

Dicho esto, Juan se dirigió al cuarto de baño. Minerva lo vio desaparecer entre el gentío.

(…)

(Imagen tomada de pixabay.com)

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