Tras la puerta

Escribirte desde aquí se me hace extraño.

Siempre lo hago desde la intimidad de mi casa, con el vaso de té a mi derecha y mi portátil de teclas desgastadas. Allí no existe la posibilidad de distracciones. Si con algo se me enredan las ideas, es con mi propia mente danzarina y soñadora.

Pero hoy estoy aquí, en este despacho en el que me he pasado tres meses de mi vida. Perdón, los tres primeros meses de mi nueva vida. Me apetecía hablarte, aunque apenas me conoces. Quería que supieses de mí, aunque probablemente yo no vuelva a saber de ti.

Hoy está siendo una mañana tranquila. Desde aquí observo una discreta fila de personas que dan sus datos personales en la ventanilla de admisión. Ningún niño. Cruzo los dedos, todo puede cambiar en cuestión de minutos. Por esta puerta entra la vida en todas sus formas: Gritos de alegría, primeros pasos titubeantes y deseosos de conocer, delirios provocados por Tª 39,9ºC axilar, llantos de miedo a alguna fantasía infantil, y brechas en cabezas ansiosas por testear la firmeza del pavimento. Pero también entra la muerte, la oscuridad, el dolor, la desesperación. A veces ocurre que tengo que recibir a personitas que lo han perdido todo, a las que la suerte les ha golpeado con su látigo insensible a una edad que se me antoja demasiado temprana. Personitas cuya referencia en este mundo loco son unos progenitores más locos, aún si cabe. Y me da rabia, pero ¿para qué enfadarse? Escogí este camino, escogí estar detrás de esta puerta, porque estoy convencida de que si alguien en esta vida se merece mis atenciones, sin duda son ellos, los más pequeños, los más vulnerables, los inocentes, los que todavía sueñan, los que aún saben que todo es posible. Y, aunque por ahora, más bien poco puedo hacer, sé que al menos lo estoy intentando. A veces pienso que me he equivocado. Vivir de acuerdo a tus valores no siempre es sencillo, no por la carencia de los mismos, sino porque con tantas distracciones es fácil perderse y no saber qué es lo que de verdad quieres.

Te echo de menos. “Qué estúpida, si me conociste hace cinco días, y no me vas a volver a ver”, dirás. Probablemente estés soltando bufidos de desesperación. “¿Por qué me cuenta todo esto?” Pero es cierto, te llevo echando de menos muchos años. Ya, ya sé que te conocí hace cinco días, y que no te voy a volver a ver. Da igual, eso no tiene nada que ver con el sentimiento de vacío. Pero bueno, que me voy por las ramas. No lo puedo evitar, soy una distraída. Soy una distraída, y mis adjuntos y resis mayores lo saben ya, a estas alturas. ¿Qué le voy a hacer? ¿Cómo negarle a mi cabeza danzarina y soñadora su afán de volar sin levantarse de esta silla?

A veces, como me acaba de pasar ahora, aparecen señores mayores. Aquí, en las Urgencias de Pediatría. Tiene su gracia, se les ve con una carita de perdidos y de no saber dónde se han metido que me generan una sensación entre compasión y carcajada. Y les indico por dónde deben ir, a sabiendas de que probablemente, al doblar la esquina, se van a volver a despistar.

Las noches aquí se hacen eternas. El desfile incesante de patologías continúa, como una fiesta aburrida de la que no te puedes ir por no ofender a tus amigos. Pero siempre he pensado que la noche tiene ese halo de misterio que invita a filosofar y a ver las cosas desde otra perspectiva. Y de vez en cuando hay algún ratillo entre bostezos y algún que otro colacao robado para conversar con los compis de fatigas. Lo poco que aún conozco sobre sus vidas lo he conocido en estas noches de trabajo. En verdad quiero saber de ellos, qué les impulsa a actuar, cuáles son sus sueños, y quién o quiénes los culpables de sus desvelos. No es por cotillear, como me dijo uno el otro día. Profundizar en las almas no puede ser una cosa más alejada del mero chisme. Saber por saber nunca me ha interesado. Más bien, quiero bucear en sus claroscuros. Sé que algún día terminarán siendo mis AMIGOS. Sí, con mayúsculas. La amistad, la conexión con los otros es una de las cosas más bonitas de la vida. Y una AMISTAD con mayúsculas requiere conocer, saber, mostrarte vulnerable ante el otro.

¿Sabes? Me hubiera gustado conocerte. Como dice un buen amigo mío: ¡tenías tan buena pinta! Mas nuestra interacción fue tan fugaz, que creo que quizás por eso estoy de nuevo pecando de idealista. Pero, ¿no son las estrellas fugaces más que un fragmento de roca encendido al contacto con la atmósfera? Y sólo por su fugacidad las consideramos bellas, les pedimos deseos y orientamos nuestros telescopios para poder verlas, aunque sólo sea un segundo.

Tengo que dejarte, estrella que pasaste por mi vida un sólo día. Mi adjunto ha venido y se ha vuelto a ir; creo que quiere utilizar el ordenador. Las enfermeras están colocando el pedido de farmacia, y yo debería imitarlas y colocar todos estos libros que están a mi alrededor tirados. O mirarme el protocolo de mordeduras, que me mira desde la mesa. Son tantas las cosas que es posible hacer aquí, y tan incierto el tiempo en el que los pacientes te permiten hacerlas, que hay que aprovecharlo.

Lamento no haber aprovechado el fugaz tiempo a tu lado.

Prometo no volver a vivir de oportunidades perdidas.

Y, aunque sé que no te volveré a ver, en el fondo te estaré esperando tras cualquier puerta.

3 comentarios sobre “Tras la puerta

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