Claudia

Era curioso observar cómo personas que, sin conocerse de nada, de repente coincidían en un mismo viaje.

Ninguna de ellas se lo había propuesto, pero, por algún intrincado resorte del destino, todas se habían subido en aquel autobús que parecía surcar un océano.

La atmósfera que se respiraba era húmeda, sofocante, aplastaba. El suelo estaba lleno de charcos que iban dejando tras de sí los paraguas, y fuera sólo se alcanzaba a divisar una cortina de lluvia que cubría los cristales. Por momentos, Claudia tuvo la certeza de que iba en un barco que volaba sobre el oleaje del asfalto.

Su ánimo, sombrío como aquel aciago día de octubre, le impidió darse cuenta de la cortina de lágrimas que cubría sus ojos, hasta que, de pronto, reparó en la chica que iba sentada a su derecha, ya que esta la miraba con ansiedad, como diciéndole: ¿estás bien?. Era una mujer robusta, pero de formas agradables, que vestía con gracia unas botas de agua y un vestido a rayas. Claudia pensó que, quizá, se había dado cuenta de su turbación porque era alguien acostumbrado a tratar con el sufrimiento y la desesperación. Decidió que tenía pinta de ser psicóloga, y se la imaginó en su despacho lleno de libros y sillones cómodos de terciopelo. No pudo evitar sonreírle, lo que hizo que la chica le devolviera la sonrisa por debajo de su mascarilla y desviara su mirada hacia otro punto.

Ya un poco más tranquila, Claudia reparó en el caballero que acababa de subir en la siguiente parada. Iba discutiendo con alguien a través del móvil, tenía los ojos saltones y crispados, y farfullaba palabras malsonantes que rompían el silencio de aquel habitáculo lleno de personas que no interactuaban entre sí. Claudia pensó que le hubiera gustado tener más tiempo, incluso para discutir con la gente. Le dolía pensar que aquello ya no podría ser, y trató de consolarse pensando que, a lo mejor, en el lugar al que iba ya no era necesario pelearse con nadie.

Sintió una punzada de angustia cuando a la señora que iba detrás de ella de pie se le abrió el paraguas accidentalmente. Siempre había escuchado decir a los viejos de su barrio que abrir un paraguas bajo techo daba mala suerte. Afortunadamente, la señora consiguió, no sin cierta dificultad, cerrar el paraguas, después de dispersar una fina lluvia de gotas que cayeron sobre los pasajeros que iban más cerca de ella. Claudia rió. ¿Mala suerte abrir un paraguas en un lugar con techo? ¡Tonterías! –pensó– Mala suerte es tener que terminar de forma tan prematura el viaje más emocionante que puede existir, el de la vida, sólo por una desafortunada coincidencia de carrocerías, por un cruce que no debería haber sido nada más que una trayectoria paralela.

Cerró los ojos y se concentró en los sonidos. El motor de gasoil rugía con pereza, se mezclaba con el chapoteo de la lluvia en los cristales, un bebé lloraba reclamando saciar su apetito, alguien tocaba el botón de solicitar parada, la radio reproducía las canciones horrorosas de siempre. Y, de repente, ella empezó a escuchar todo cada vez más lejos, más bajito, más irreal. Y ya sólo pudo ver sombras tras sus párpados: gris, negro, azul marino, luz cegadora, paz verdadera. Entonces supo que ahí empezaba su verdadero viaje, aquel que la llevaría de vuelta a su origen. Claudia pertenecía al mundo de los sueños, y, aunque la pena por todo aquello que se perdería viajaba con ella, minuto a minuto se iba trocando despacito por los juegos, por la tibieza de los abrazos de su madre, por todo el cariño y el amor que había dejado tras de sí.

Y una sonrisa voló sobre su cara, aterrizando en sus labios.

Por fin había dejado de llover para siempre.

(Dedicado a todos los niños y niñas que nos abandonan demasiado pronto)

(Imagen tomada de pixabay.com)

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