De acampada

-Llevamos toda la tarde caminando, ya hemos hecho la ruta, ¿no sería momento de buscar un sitio donde acampar? – preguntó Pablo.

-Sí, pronto será de noche, y yo tengo hambre- replicó Diego.

Nacho era el más indeciso de los tres, lo cual parecía incongruente con ejercer de líder. Nunca estaba contento con ninguna primera opción. Estaban en medio de un hayedo, y él buscaba el sitio perfecto. Quería estar lejos de los árboles y de los animales peligrosos, y poder ver las estrellas.

-En la orilla del arroyo nos dormiremos con el rumor del agua, princesita- bromeó Diego. Pablo rió a carcajadas.

Nacho no les escuchó y siguió caminando. Algo había llamado su atención. Se trataba de una especie de granja abandonada. Cada vez había más oscuridad, los pájaros gorjeaban buscando sus nidos para pasar la noche. Se había levantado una ligera brisa.

-Tío, no me digas que ahora te da pereza montar la tienda y piensas pernoctar en esas asquerosas ruinas.

Sus amigos sabían que a Nacho le encantaban las historias misteriosas, los informes de ufólogos y las casas abandonadas con espectros campando a sus anchas entre sus gruesos muros semiderruidos. Por eso, no les extrañó el empeño de su amigo en visitar ese viejo y solitario caserón, a pesar de que la noche se les echaba encima.

Los dos le siguieron al interior de lo que parecía el antiguo patio de la propiedad. Nacho entró en la primera estancia de la derecha, cuya puerta se abrió con un pesado chirrido, desprendiendo motas de óxido. Un viento gélido les heló la cara. Dentro olía a paja húmeda y a mierda de gallina. Se podía divisar el cielo, cada vez más oscuro, a través de un agujero en el tejado. La luna empezaba a iluminar sus caras y la estancia. Nacho parecía hipnotizado, y se adentró en el interior, seguido de cerca por Pablo y Diego. La claridad de la luna permitía distinguir el suelo lleno de paja podrida y diversos aperos de labranza tirados sin orden ni concierto: una hoz ennegrecida, un rastrillo desvencijado, un trillo al que le faltaban la mayoría de sus piedras, un yugo, un carro cuyas ruedas a duras penas podían sostener la estructura…

-Vámonos, esto me está dando mal rollo, y tengo cada vez más hambre- susurró Diego.

-Sí, tío, mañana por la mañana venimos y terminamos la visita- apostilló Pablo.

Pero Nacho seguía sin hacerles caso. En el silencio sólo se escuchaba su respiración entrecortada, la paja del suelo crujiendo con sus pisadas, el agua del arroyo lejano…y un chillido que salió como una exhalación de debajo de un cubo roto. Los tres amigos contuvieron la respiración.

-Sólo ha sido una rata- dijo Nacho.

-Vámonos- suplicó Diego, con un hilo de voz.

De repente, se empezó a escuchar el tañido de un cencerro. Nadie se movió. Cada vez hacía más frío. Se sintieron paralizados cuando se dieron cuenta de que el fantasmal sonido del cencerro articulaba palabras, cuyo eco resonaba en las paredes del caserón.

-Nadie os ha invitado a pasar la noche aquí- dijo la extraña voz- pero, ya que habéis venido, divirtámonos un poco.

Entonces, pudieron oír claramente el cacareo de gallinas, y las risas de unos niños que parecían venir del otro lado del tiempo.

Pablo y Diego echaron a correr. No se detuvieron hasta que estuvieron exhaustos. Nacho no estaba con ellos.

(Imagen tomada de pixabay.com)

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