(Des)encuentro

Lo llevaba preparado como si fuese un discurso de graduación, o de agradecimiento por algún premio a la estupidez humana (léase mi estupidez).

Parecía que Maná y su “Eres mi religión” habían decidido compincharse conmigo. Quería decirle exactamente eso: que había aparecido con su luz, que no quería que se fuese, que vivía sin sentido hasta que llegó él. La música y el olor a humedad y café recién hecho impregnaban el aire de la cafetería, y la gente entraba y salía con chubasqueros y botas de agua. Unos chicos con pinta de guiris iban a su rollo, pues para eso estaba el erasmus, y llevaban chanclas, a pesar de la tarde lluviosa. Fuera los coches producían chasquidos al derrapar en la lámina de agua que cubría la calle.

Estábamos al lado de la ventana, y el disco rojo del semáforo del cruce cercano se reflejaba en el cristal de sus gafas.

Le observé remover la cuchara en el café mientras me decía algo de unos apuntes que alguien había encontrado en no sé qué copistería a la que nunca íbamos.

– Tengo un problema. Necesito pedirte perdón.

– ¿Perdón? ¿Por qué? – respondió, mirándome con curiosidad.

El reflejo del disco verde en sus gafas parecía decirme: “sigue”. Cogí aire.

– Perdóname, porque no sé cómo ha pasado, pero en algún momento mi amistad por ti se transformó en otra cosa, en un anhelo de algo más, en una caída en el vacío. Se transformó en un ¿problema? Yo no quería, de hecho no puedes imaginar cómo me jodió, pero estas cosas nunca se eligen, por mucho que nos empeñemos. A veces, cuanto más intentas controlar algo, más se te escapa de las manos. Y, ya ves, poco a poco me di cuenta de que de la última época de exámenes no recuerdo absolutamente nada de los días duros que vivimos, sólo recuerdo la ilusión, por saber que estabas ahí, que de alguna forma caminabas a mi lado. De que iba siempre con una alegría idiota a nuestros (pocos) cafés. De que ir al micro abierto del Rastrel era mil veces mejor si tú también ibas. Me di cuenta de tantas cosas…

Me quedé sin aliento.

Y todo cambió en ese preciso instante en que acabé de vomitar mi arenga prefabricada.

Cambió el tiempo en el exterior: dejó de llover y salió un tímido rayo de sol, las aceras relucientes y los recovecos llenos de charcos parecían sonreír.

Cambió la música de la cafetería a algo más actual: Kygo.

Cambió su expresión, de curiosa a ojiplática.

Se hizo un silencio ensordecedor, lo sentí entre nosotros como un ectoplasma frío y pesado, mientras en otras mesas los cafés seguían humeantes y la gente continuaba sus mundanas conversaciones, lo bueno era que al menos sonaba lejos, muy lejos para mi gusto, “Nothing left” de Kygo. Through all of this madness, can I´ll be your light of day…

Después de unos minutos que me parecieron años, en los que mi amiga Ana repetía con su voz chillona en mi cabeza “es un cabrón, el finde pasado le vieron liarse con una chica de Derecho”, sencillamente se levantó despacio, y se fue. Sin más. De una manera absolutamente inesperada y absurda. Miré su taza a medio beber. Miré la mía, llena hasta el borde, sentí con mi mano sudorosa su tacto liso de loza. La cafetería quedó vacía de repente, era como si él sólo la llenase y su ausencia precipitada se llevase todo lo humano que había allí.

Y el ectoplasma que se había establecido entre nosotros se quedó conmigo, me acompañó a casa, durmió a mi lado ese día y varios días más, en verdad era una especie de aura que me pertenecía, y que sólo se había ido de vacaciones una temporada.

No podía entender su reacción. Parecía que todo iba a ser más sencillo, pero no. Una vez más no fue así.

Pagué, y me fui de la cafetería. Sonaba Artic Monkeys. Crawling back to you…sad to see you go…

En mi cabeza sólo sonaba la derrota y la incomprensión.

(Imagen tomada de pixabay.com)

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