Fatiga pandémica

Estoy triste.

Para ser exactos, creo que mi clima emocional ha pasado por unos veinticinco estados diferentes en los últimos días: del hartazgo al enfado, pasando por la indiferencia y la apatía, virando luego a la resignación y a la incredulidad, y ya por último, a la tristeza.

“Mal de muchos, consuelo de tontos”, se suele decir. La situación que mundialmente venimos soportando desde principios del pasado año 2020 ha alterado, en mayor o menor medida, las vidas de la mayoría de las personas que poblamos este planeta. Sólo por eso, me siento acompañada en esta distopía en la que se ha convertido el día a día. Y eso a veces me reconforta, pero otras, como hoy, siento que ya no puedo más.

Reconozco que soy una afortunada. Por el momento, no he tenido que pasar por el drama de que alguno de mis seres queridos padezca esta maldita enfermedad. Y me siento enormemente agradecida por ello.

Pero, como decía, no puedo más.

Me duele ver que siguen falleciendo miles de personas en todo el mundo a diario, sin que ni siquiera sus familias puedan despedirse en condiciones de ellas. Me entristece muchísimo que los enfermos no dejen de aumentar día tras día. Me apena que no se pueda atender correctamente la salud de la población, porque faltan medios y personal. Me da rabia saber que cientos de familias están viendo cómo sus formas de sustento se van a pique, sin poder hacer nada, a causa de las restricciones, y que las prometidas ayudas son sólo una bomba de humo. Se me saltan las lágrimas al pensar en tantos jóvenes con su vida en standby, con sueños, amores, estudios, viajes, ganas de beberse los días y las noches, en suspenso indefinido. Quieren volar, elevarse y verlo todo desde arriba, pero no pueden, porque a las 20:00h hay que estar en casa. Me dan mucha pena los ancianos, que en el ocaso de sus días, se ven privados de las visitas, de los abrazos y los besos de sus seres queridos, de los juegos con sus nietos. Me asusta pensar en las consecuencias psicológicas (de las que nadie habla, porque la salud mental parece un tema tabú, algo a barrer debajo de la alfombra) que traerá esta situación anómala tan prolongada en el tiempo. La humanidad entera está constreñida, sofocada, a punto de sucumbir, noto en el ambiente que se está llegando al límite, y no hay una fecha para el fin del tormento. Pensar en todo esto, hace que mi espíritu se tambalee.

Y mientras la vida del ser humano medio de cualquier parte del planeta se ha convertido en algo intragable (por todo lo antes referido, que no deja de ser un resumen en quince líneas, en las que se esconden miles y miles de muertos, de dramas, cientos de infiernos domésticos y laborales, algo tan dantesco, que es imposible reflejarlo en un artículo como este en toda su inmensidad), tenemos que lidiar a diario con otros despropósitos, derivados de la situación.

Apelo a los de arriba, a los que dirigen el cotarro: por favor, pongan fin a esto ya.

Sé que dirán que esto está en manos de todos, y tienen razón. Pero creo que ustedes no están cumpliendo su parte.

A veces no lo hacemos del todo bien. No somos perfectos. Pero la inmensa mayoría de la población hemos aceptado las medidas (muchas veces confusas, llenas de contradicciones): la mascarilla ha pasado a formar parte de nuestro vestuario, el gel hidroalcohólico es un cosmético más que incluir en la lista de la compra, hemos soportado confinamientos domiciliarios, perimetrales y municipales, toques de queda, nos hemos despedido del ocio de forma indefinida, de los viajes, de las celebraciones, echamos de menos el contacto físico, el calor de un abrazo, el aliento de un beso. Hemos aceptado que la vida haya perdido su color, su sal, en aras del bien común.

Así que, ahora les toca a ustedes:

1- Existen vacunas: basta ya de luchas y peleas, distribúyanlas y adminístrenlas ya, antes de que al virus le dé tiempo a mutar trescientas veces, y haya que volver a empezar. Creo, y esto es una opinión personal, que hacer negocio con esto, cuando millones de personas en todo el mundo están sufriendo, es deleznable. La patente de estas vacunas debería de liberarse. Soy una ilusa, lo sé, el mundo no funciona así, por desgracia. Pero soñar es gratis (aún).

2- Los que se vacunan antes de que les corresponda: entiendo su miedo, y su ansia por salir de esta pesadilla, todos estamos igual, sin embargo, seguro que hace unos meses (o no tanto), repetían ustedes como un mantra que “esto nos hará mejores personas”. Prediquen con el ejemplo. Piensen que hay, por ejemplo, profesionales sanitarios que trabajamos en primera línea, en contacto directo con pacientes de COVID19, a los que aún no se ha podido vacunar. O personas de riesgo que hace meses que no salen de su casa, por miedo, que necesitan esas vacunas, porque eso supone volver a vivir con cierta tranquilidad.

3- Políticos: a lo mejor, celebrar unas elecciones autonómicas no es algo imprescindible en medio de todo este caos. Y muchísimo menos, que las personas infectadas puedan romper el aislamiento para ir a votar. ¿De verdad es necesario esto, precisamente ahora? ¿Les importa a ustedes que se supere esta situación? ¿O qué es lo que de verdad les importa? La vida es cuestión de prioridades. Con este afán por celebrar elecciones innecesarias, las suyas quedan más o menos claras, al menos para mí. Déjense de luchas inútiles, y empiecen a remar todos en la misma dirección. Ya habrá tiempo de elecciones, y de reproches, cuando pase esta tormenta. Reitero: muchísima gente estamos sufriendo con esto, de una forma u otra, y ya no podemos más.

4- Gestores de la salud: protejan al personal sanitario. Refuercen las plantillas, respeten el descanso de los profesionales, y no maltraten al personal en formación. Eso va en detrimento de todos, y sobre todo de los pacientes. Es inadmisible que se cancelen rotaciones formativas de médicos y enfermeros residentes, que ya no se van a poder recuperar, que se utilice a médicos residentes de especialidades como la mía, Pediatría, para atender a enfermos adultos, porque no tenemos la preparación adecuada para ello. No queda otra, lo haremos, por supuesto, esta situación es excepcional, y todos tenemos que arrimar el hombro. Pero mimen los recursos humanos, por muy difícil que sea una situación, todo el mundo rinde mejor si al menos se siente escuchado y comprendido. Y dótennos de medios materiales, han tenido tiempo para ello, no es de recibo que, tras diez meses de pandemia, se pretenda que los pequeños pacientes de una UCI pediátrica-neonatal se queden sin monitorización central. Ellos también la necesitan. No hay pacientes de primera o segunda categoría, cada uno tiene unas necesidades, que es nuestra obligación intentar satisfacer. A estas alturas, ya no podemos tolerar más la falta de previsión.

No tengo mucho más que añadir. Únicamente, mandar mi más sincero cariño y apoyo a todas las personas que sufren esto a diario, que conviven con el dolor de haber perdido a un ser querido, con la incertidumbre por el futuro, con la oscuridad y el gris de estos días. A todos los que se están rompiendo poco a poco por dentro, pero que a pesar de ello siguen remando a diario en las aguas embravecidas, ÁNIMO.

Si alguien se ha sentido comprendido o acompañado, aunque sea un poquito, al haber leído estas palabras, sólo por eso, me siento satisfecha por haberlas escrito.

Esto también pasará.

La vida, su color y su sal, nos esperan al otro lado.

Vayamos todos juntos hacia allí.

(Imagen: Miroslava Chrienova, de pixabay.com)

12 comentarios sobre “Fatiga pandémica

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  1. Hola, has escrito lo que todos guardamos en nuestros corazones. No perdamos la esperanza, nos ha tocado una época de miér…coles pero bueno, yo a veces pienso que no es la primera ni será la última (es tonto, lo sé, consolarse con eso pero a mí me funciona). Saber que hubo otros antes que nosotros y que el mundo siguió…así pasará ahora. Debe pasar. Saludos…

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