Madrugada

Abro los ojos, siento una pereza infinita, y suplico en silencio —no sé a quién— que todavía falte mucho para que se acaben las horas de descanso diario. Me giro sobre mí misma y miro hacia el lateral donde se ubica la ventana. Suspiro aliviada. Los agujeros de la persiana aún no se dibujan en la negrura del cuadrado del que forman parte. En mis retinas solo brillan un montón de chispas, formas geométricas que van y vienen, de diferentes colores y tamaños, en ocasiones se entremezclan con la reminiscencia de algo que, a estas horas, con el peso de la noche en mis entrañas, no alcanzo a adivinar si es sueño o realidad, recuerdo o presente.

El aire de la estancia es agradablemente pesado, en él flotan aromas de cuerpos descansando, vapor de agua, secretos que sólo él conoce… es cálido, familiar, querido, y me envuelve con su abrazo. Me vuelvo a girar. Ahí estás tú. Me detengo a escuchar, cual melodía relajante, tu respiración profunda, acompasada. Un poco más allá, si permanezco atenta, puedo oír también los latidos de tu corazón, retumbando en algún lugar entre el colchón y el nórdico. ¿Cómo explicarte que en esa sinfonía de inhalar y exhalar, en ese ritmo aparentemente sencillo, se esconden todas las canciones que quiero bailar?

Nadie me puede ver, pero pienso en ti, que duermes a mi izquierda, y sonrío. Me vuelvo a girar, y a tientas, busco en la mesilla de noche mi vaso de agua. Sólo consigo tocar el móvil, su pantalla lisa, así que deslizo los dedos un poco más allá, y por fin me choco con su fría superficie. Bebo un sorbo, me destapo y me incorporo, procuro ignorar el frío repentino que siento al escabullirme de tu lado. Camino tocando la pared hacia el baño, intento ser rápida, porque todo lo que quiero es volver a la tibieza de nuestra cama. Vuelvo a sonreír cuando lo hago. La almohada me abraza de nuevo las cervicales. No puedo evitar pensar que tú has hecho que esta cama se convierta en el patio de recreo de mis días. Noto en mi espalda una arruga de la sábana. Alzo un poco el tronco e intento alisarla, sin demasiado éxito. Te has dado cuenta, mi amor, porque de repente se rompe la cadencia de tu respiración, te giras hacia mí, y siento tu brazo rodear mi abdomen. Acaricio tu mano, sus dedos largos y fuertes, los pelillos de su dorso, que me hacen cosquillas, y las uñas ligeramente mordisqueadas. Me recreo en la satisfacción de sentirte. Subo por tu brazo, la piel suave debajo del vello me parece poesía, de repente tropiezo con tu pijama, está enrollado sobre tu bíceps. Con cuidado, lo deslizo y lo coloco en su sitio. Me lo agradeces con una especie de bufido, y tu respiración vuelve a acompasarse. Me giro un poco más, pongo mi cara a la altura de la tuya, toco tus párpados con la punta de mi nariz. No haces nada, sólo sigues soñando. Por fin te dejo en paz, decido imitarte, y pongo mi brazo alrededor de tu abdomen. Cierro los ojos, y trato de soñar al mismo tiempo que tú.

En esa postura, me dejo llevar por la quietud de la noche, el calor de las sábanas, y el olor del amor, el sonido de la vida que riega a borbotones mi alma, en esta noche todavía profunda.

Un ruido estridente me saca de golpe de esa especie de impasse en el que nada, salvo nosotros, parecía existir. De un golpe, apago la alarma. Abro los ojos, la claridad entra por los agujeros de la persiana. En la penumbra, miro hacia el lado izquierdo de la cama. El vacío y la soledad me saludan desde ahí.

Ha pasado otra noche, y sigues sin ocupar ese lugar. Y ya son demasiadas noches de soñar…

(Imagen tomada de pixabay.com)

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Categorizadas como Sentimientos

Por Lucía González Rodiño

Comparto reflexiones e historias que quizá no se deberían compartir. Fragmentos de locura que apaciguan minutos. Ecléctica, porque cualquier cosa es susceptible de ser transformada en palabras. Y de la nada, puedes aprender de todo.

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