Todos tenemos un pasado

El reloj marcaba las 19:35. La Jessy quería estar a tiempo a la hora acordada, las 21:30, arreglada y con algo de cena en el estómago, por lo que decidió cerrar el Fotolog. Por mucho que cotillease la cuenta del Johnny, no parecía que este fuese a subir ninguna foto nueva. No importaba, lo iba a ver esa noche, así que cerró todas las pestañas, salvo el Messenger, donde cambió su visibilidad a “Ocupado”. Sintió el impulso de poner un nuevo estado antes de levantarse del escritorio, y lo hizo:

PrImOh, sTa nOxe sE lIahh!! La JeSsY & lAh rUbIaH LaH mAh MoLoNaH dEl pOlIgOnO!!!! OkM!!

Apagó el monitor, pero dejó el ordenador encendido. Con suerte, al día siguiente ya tendría todas las canciones descargadas. Y quizá alguna película de las que estaban en proceso fuese la nueva de “Piratas del Caribe”, con un doblaje aceptable y sin virus o escenas pornográficas.

Al girarse, los libros tirados sobre la cama le recordaron que el lunes tenía dos exámenes finales. Sociales y Mates. Pero bueno, era viernes, después de toda la semana madrugando y yendo al instituto (¡puto tuto!), se merecía salir y despejarse. Una idea con la que esperaba que la ceniza de su madre estuviese de acuerdo. Aunque, en el fondo, lo que deseaba en realidad es que ella aún no hubiera llegado de trabajar antes de que se marchase. Por si las moscas.

Tras pasarse al menos hora y media en el cuarto de baño, se consideró lo suficientemente maqueada como para triunfar esa noche. Pasó por la cocina, tomó un poco de jamón de York, pan de molde y una onza de chocolate. Recogió del frigorífico las bebidas que había comprado al salir del instituto: dos botellas de Negrita y dos de Kas limón de marca blanca. Rezó para que a la Paula no se le olvidase el hielo y los vasos, y salió de casa.

Tuvo suerte, su madre todavía no había llegado cuando cogió el ascensor. Mientras bajaba los 7 pisos del edificio del extrarradio, se miró en el espejo. Iba a petarlo: Deportivas dos tallas más grandes, con los cordones sueltos; uno de sus muchos pantalones, que tenía el dudoso honor de tener el bajo más roto, amarillo fosforito; cinturón de tachuelas, con la hebilla colocada estratégicamente por la parte de atrás; la barriga al aire, el piercing del ombligo todavía a medio cicatrizar; top negro, que apenas dejaba nada a la imaginación; chaqueta de colorines de neopreno, desabrochada; bolso multicolor de charol, en el que guardó las llaves, el móvil, un mechero y la cajetilla de Ducados rubio; el pelo bien recogido en una coleta tirante; unos aros que bien podrían servir como pulseras, en las orejas; la raya del ojo, bien marcada; al menos 4 capas de rímel en las pestañas. Sí, divina.

Con paso decidido, se subió en el transporte público, donde se entremezcló con madres y niños que volvían de las extraescolares, abuelos que se dirigían a sus domicilios, y algún que otro joven vestido como ella. Para entretenerse, se bajó un politono, aunque sabía que con eso se le acabaría el saldo. Suspiró aliviada al comprobar que al menos le había quedado algo para dar toques. Las paradas se sucedieron rápidas, y en menos de diez minutos, había llegado a su destino: el descampado del Oeste, uno de los más grandes de la ciudad.

Al caminar en dirección al centro neurálgico de la fiesta, cada vez se sentía más animada: multitud de coches tuneados con sus maleteros abiertos retumbaban con lo más nuevo de la música electrónica, grupos cada vez más numerosos de chavales depositaban bolsas con bebida en corrillos. El cielo brillaba aún bajo la luz crepuscular, el aire era tibio, olía a verano.

La Jessy distinguió a lo lejos a sus amigas: todas iban vestidas de forma similar, variando colores y estampados. Un poco más a la derecha, visualizó su grupo de chicos: ellos vestían con pantalones vaqueros anchos caídos, deportivos igualmente anchos y desatados, camisas con la cara de un fiero cánido estampado en ellas, y pelos de punta que rezumaban gomina. La Jessy sonrió: había visto a la Paula, quien llevaba la bolsa con los hielos. Un poco más atrás estaba el Johnny. Sus miradas se cruzaron a través de la muchedumbre.

Sí, iba a ser una gran noche.

(Imagen tomada de pixabay.com)

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Categorizadas como Historias

Por Lucía González Rodiño

Comparto reflexiones e historias que quizá no se deberían compartir. Fragmentos de locura que apaciguan minutos. Ecléctica, porque cualquier cosa es susceptible de ser transformada en palabras. Y de la nada, puedes aprender de todo.

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