La Cañada Real

—Menuda idea la tuya. Venir a pasearnos con el coche por este barrio infecto —dijo Elvira—. ¿No teníamos nada mejor que hacer un sábado por la tarde?

—Venga, no seas ceniza. Sabes que me gusta hacer algo de trabajo de campo. Contar la realidad, tal cual es, a mis alumnos. Pero experimentarla antes. Se piensan que la Sociología es lo que leen en los libros, y se olvidan de vivirla. Intenta hacer alguna foto, anda— contestó Fernando.

—Encima fotos. Como esa gentuza me pille con el móvil haciéndoles fotos, lo mismo nos funden a balazos. ¿No sabes dónde nos estamos metiendo? ¡Es el supermercado de la droga de España! Qué digo de España, ¡de Europa entera!

—Lo sé perfectamente. Te prometo que no nos bajaremos del coche. Sólo recorreremos los 15 kilómetros. Como si fuésemos en un autobús turístico. Vas a ir viendo la degradación de las construcciones, que pasan de ser casas normales, a chabolas, a medida que avancemos por los sectores. Al principio, las calles están asfaltadas, pero luego no hay más que un camino de tierra. Los enganches ilegales al tendido eléctrico van siendo más numerosos, y en los últimos sectores, el 5 y 6, son la norma. Y ahí, al final, no tienen ni siquiera agua corriente. Fíjate en las personas. Los niños irán estando más delgaditos a medida que pasen los kilómetros. Padecen diarreas constantes, por la falta de salubridad. Es muy interesante, mis alumnos dicen que…

—No te estoy escuchando. Me estoy poniendo nerviosa— insistió Elvira, mirando con recelo la pintada sobre un muro que rezaba: “Sector 1”.

—¿Lo ves? Las casas son normales. Hay contenedores, aquí llega la recogida de basura.

—¡Claro! ¡Me acabas de decir que el Sector 1 es el único “medio normal” ¿Has visto qué cantidad de baches hay en el asfalto ya aquí? ¡Vamos a romper el coche!

—No seas exagerada. Saca fotos, anda.

Elvira hizo una foto a través de la ventanilla, a regañadientes.

—Hay que ver. Cuando tú necesitas algo de tu trabajo, ahí me tienes. Estoy cansado de que tengas tantas guardias al mes. Yo soy el que hace todo en casa al día siguiente, mientras tú duermes. Pero nunca digo nada.

—¿Perdona? Mis guardias son obligatorias, y suponen la mitad de mi sueldo. En cambio, venir aquí a hacer el imbécil es algo que has elegido tú solito, cariño —murmuró Elvira.

—Voy a hacer como que no he oído lo de “hacer el imbécil”. ¿Eso es lo que piensas de mi trabajo?

—No, no he dicho que tu trabajo sea hacer el imbécil. He dicho que venir a un poblado chabolista, marginal, infestado de droga, delincuencia y gentuza, por el gusto de “enseñárselo a mis alumnos de primera mano”, es hacer el imbécil.

—Parece mentira que seas médico. Eres una insolidaria. ¿No ves que la existencia de este tipo de asentamientos es injusta? ¿Qué aquí vive mucha gente en condiciones infrahumanas? ¿Y que estamos permitiendo esto en un país que se supone civilizado, en pleno siglo XXI?

—¡Ah, ahora me llamas insolidaria! ¿Sabes lo que yo ayudo en mi trabajo? ¡Curo enfermedades, por si no lo sabías! ¿Eso es ser insolidaria?

—Vale, pues yo me dedico a poner de manifiesto este tipo de injusticias. A sembrar en mis alumnos la semilla de la crítica. Sólo así acabaremos con este tipo de cosas. Hasta donde yo sé, eso no se estudia en la carrera de Medicina, ni se debate en ninguna guardia, por muchas 24 horas que tenga cada guardia.

—Estás mezclando churras con merinas. Vamos a dejarlo, Fer. No vamos a ninguna parte.

—Mira las casas aquí. Y sólo vamos por el sector 4. Faltan dos. Haz fotos, anda. No has hecho ninguna. Las tendrás que hacer a la vuelta. O si no, tendré que parar y hacerlas yo.

—¡Puñeteras fotos! ¡Encima pensando en pararte! ¡Definitivamente, estás loco! ¡Me importan un bledo las casas! ¿Sabes que me da miedo este sitio? — cogió el mechero, y encendió un cigarro.

—Apaga eso. Me molesta el humo. Si no, abre la ventanilla.

—No quiero abrir la ventanilla. Nos están mirando esos de ahí. Acelera, Fer, por favor.

—Son personas, Elvira. Que no tengan bolsos de Louis Vuitton, no quiere decir que no merezcan vivir.

—Yo también merezco vivir. ¡Nos van a matar! ¡Mira esos! ¡Nos hacen señas para que paremos! —estaba casi llorando— ¡Eres gilipollas, Fer! ¡No quiero estar aquí, da la vuelta y vámonos!

—¡Joder Elvira, quedan pocos kilómetros! ¡Está bien, vendré mañana solo! ¡Estoy muy harto de que no tengas en cuenta ni mi trabajo, ni mis pretensiones! ¡Siempre estás poniéndome la zancadilla! ¡Hoy dijiste que me ayudarías, y lo que has hecho es darme el coñazo! ¡Venga, vamos!

Elvira lloraba.

—Y ahora, ¿por qué lloras, si puede saberse? — detuvo el coche— ¡Qué marido más ogro tienes, eh!

—Por… porque no quiero que vengas solo a este sitio— respondió Elvira, con un hilo de voz.

—Venga, anda, no te pongas así, mujer—. Suspiró. —Tienes razón. Vamos a casa. Saldremos a dar un paseo. Hace sol.

Fernando abrazó a Elvira, que se fue tranquilizando. Mientras estaban abrazados, notaron que alguien golpeaba con los nudillos la luna delantera, y contuvieron la respiración. Un hombre sin dientes los miraba con ojos acusadores.

—¿Quién coño sois vosotros, y qué cojones hacéis aquí? —gritó.

(Imagen tomada de 20minutos.es)

Publicados
Categorizadas como Historias

Por Lucía González Rodiño

Comparto reflexiones e historias que quizá no se deberían compartir. Fragmentos de locura que apaciguan minutos. Ecléctica, porque cualquier cosa es susceptible de ser transformada en palabras. Y de la nada, puedes aprender de todo.

1 Comentario

  1. Un relato muy bien logrado, según avanza nos acompaña una angustia creciente.
    Y un retrato de algunos que en un concurso de tontos, quedarían en segundo puesto.
    ¡Por tontos!
    Los barrios marginales no son un zoo para hacer excursiones.
    Un abrazo.

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