Último día

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Los pitidos del microondas le sacaron de su ensimismamiento. Ya habían pasado los cuarenta y cinco segundos de siempre.

De forma mecánica, sacó la taza con la leche, que había llenado por la mitad, le agregó dos comprimidos de estevia, la levantó por el asa e introdujo la cuchara de mango amarillo en medio del blanco líquido. Removió cinco veces antes de añadir el café en polvo. Cuatro cucharadas. Cinco veces volvió a remover, en sentido contrario. Permaneció de pie ante la encimera.

Silvia entró en la cocina bostezando.

—Buenos días— fue su saludo.

Víctor contestó alzando su taza. Observó a su esposa mientras ésta buscaba otra taza en el armario, cogía una cuchara del cajón, y lo dejaba a medio cerrar. Sintió el impulso de recolocar las cucharas que habían quedado desencajadas al extraer Silvia la suya. Malhumorado, resistió la tentación, y todo lo que hizo fue terminar de cerrar el cajón con fuerza. El golpe distrajo a Silvia, que momentáneamente se paró con la mano a punto de soltar la puerta del frigorífico, donde acababa de guardar la leche. Sus miradas se cruzaron en silencio unos segundos, cuchillos afilados de hielo surgieron de aquellas cuatro pupilas en direcciones opuestas, y se cortaron en algún lugar del breve espacio que les separaba.

Ninguno de los dos dijo nada. Silvia se sentó en la mesa y cogió su móvil. Víctor continuó de pie, de espaldas a ella. En los azulejos que tenía enfrente, se empezó a dibujar el rostro de aquel maldito hombre que le había jodido la vida. Los pómulos marcados, la nariz puntiaguda, los labios finos, el pelo ligeramente engominado, la mirada felina. Contuvo las ganas de pegarle un puñetazo a la pared, y dejó la taza en el lavavajillas, mientras mantenía el último sorbo del café con leche en la boca. Contó hasta diez antes de tragarlo, y el odio que sentía, de repente se dirigió a sí mismo. La culpa era suya, era un tío deleznable, por eso el amor de su vida le había hecho esto. Se lo tenía merecido.

Una leve carcajada de Silvia hizo que se girara. Estaba hablando con alguien por WhatsApp. Era él, seguro. Ella notó su mirada, y con un gesto nervioso, cambió súbitamente de aplicación. Facebook apareció en la pantalla. Luego, negro. Había bloqueado el teléfono. Víctor vio cómo tomaba un sorbo de la taza, y observó su tobillo derecho, que oscilaba muy rápido arriba y abajo, como si quisiera taladrar el suelo con ese vaivén.

—Podéis seguir, por mí no os preocupéis— musitó, y salió de la cocina.

Se dirigió al cuarto de baño, y se encerró entre sus paredes. Cogió la cuchilla de afeitar, la colocó sobre el lado derecho del lavabo, boca arriba. Con la mano izquierda sostuvo la brocha, la mojó durante ocho segundos, comprobando que acabaran en un número par en su reloj de muñeca, y se enjabonó la cara con tres pompas de espuma, tras lo cual, empezó su rutina de rasurado, siempre de la misma forma: primero, el cuello, después, el mentón, por último, las mejillas. Trató de dejar su mente en blanco, mientras pasaba metódicamente la cuchilla por su rostro y se concentraba solo en aquella tarea. El movimiento parecía estar cumpliendo su objetivo, su mente dejó de pensar y se transformó en una bruma oscura, en la que de vez en cuando surgían imágenes de su vida, a las que contempló con indiferencia. De pronto, sin querer golpeó con el codo el bote de espuma, el cual cayó, arrastrando en su caída el frasco de vidrio de la colonia de Silvia, que se estrelló contra la loza del lavabo partiéndose en mil añicos. El súbito estruendo hizo que su mano derecha convulsionara, y notó hundirse en la piel el filo de la cuchilla, que dejó caer acto seguido al suelo. Suspiró, y se miró en el espejo, el cual le devolvió una imagen dantesca: su cara, ojerosa; el cabello, desordenado; la sangre, que le corría mejilla abajo. Sintió una náusea, dio una patada a la pared, bajó la mirada. En el lavabo vio cómo una lluvia de gotas rojas se mezclaba con el perfume derramado, se convertía en un fluido de color indeterminado, y se iba por el desagüe. Un escalofrío recorrió su espalda, y ya no pudo soportarlo más. Soltó un grito desgarrado, empezó a dar puñetazos al aire y a sollozar en enormes estertores. Se tiró al suelo, donde siguió chillando, cada vez más fuerte. Deseó no existir.

Al cabo de unos minutos, notó que Silvia había entrado y le sujetaba, intentando que se calmase. Pero él la apartó de un empujón. Había tomado una decisión.

Tenía que cambiar de vida ya.

Publicados
Categorizadas como Historias

Por Lucía González Rodiño

Comparto reflexiones e historias que quizá no se deberían compartir. Fragmentos de locura que apaciguan minutos. Ecléctica, porque cualquier cosa es susceptible de ser transformada en palabras. Y de la nada, puedes aprender de todo.

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