Ikigai

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Con la misma rapidez que se han pasado estos tres meses, se pasarán los que vienen.

Esa fue la sentencia que mi profesor de Sociales había pronunciado, con solemnidad, a modo de bienvenida.

Era el primer día de clase tras las vacaciones de Navidad. Estábamos en primero de ESO, y la arenga pretendía motivarnos a seguir estudiando, a perseverar en el esfuerzo, a pesar de que la niñez nos reclamaba su atención, atención que parecía estar en cualquier parte excepto en las arrugadas páginas de aquel libro lleno de mapas. Recuerdo haber pensado que aquellas palabras escondían algo más serio, más profundo. Lo intuí ya a mis 12 años largos, aunque pronto pasé a otras cuestiones más entretenidas, como pintarrajear el estuche de mi amiga Katerina, o grabar mi nombre en el pupitre con la punta del compás, y la frase se deslizó al sótano de mi memoria, donde quedó sepultada durante años.

Hasta ese día.

Aquel momento se me había venido a la mente repentinamente, mientras estaba sentada en el césped del parque que había enfrente de mi piso. Me acababa de despedir de mi amigo David y su nueva novia, Marina. Habíamos decidido aprovechar el día festivo para comer fuera, y después habíamos ido al pueblo en el que estaba la casa que se iban a comprar. Sólo la habíamos podido ver desde fuera, puesto que aún no tenían las llaves. Era una casa en medio del campo, con un enorme jardín con barbacoa y columpios. El abandono del lugar, donde las malas hierbas campaban por todas partes, el polvo cubría las baldosas, y el tejado tenía una capa de musgo considerable, contrastaba con ellos. Estaban tan ilusionados, con tantas esperanzas puestas en el futuro, que pasé un día estupendo en su compañía y la de sus tres perritas.

Claro que mi luz siempre era un reflejo de otras luces. Una vez que los demás y sus vidas llenas de propósito se iban, yo volvía a sumirme en la oscuridad que emanaba de mi ser. Por eso había decidido bajar al parque a tumbarme al césped. Me había dado cuenta de que no podría soportar el silencio de mi piso, que retumbaba en mis sienes con un martilleo implacable.

Me tendí al lado de los árboles, pero alejada de sus sombras. El sol de principios de abril brillaba intentando emular al de agosto, pero todavía no calentaba con su fuerza. La brisa aún era fresca. Sentí la humedad de la verde alfombra calando a través de mis ropas, y traté de concentrarme en el momento. «Deberías empezar a practicar meditación, tipo Mindfullness, verás como empiezas a encontrar ese sentido que buscas», me había dicho una vez mi amiga Cristina, en una velada que habíamos pasado en su casa llena de inciensos y velas. Pensé en cómo era su vida: hacía lo que quería, cuando quería, y como quería. Sus negocios online, un blog sobre crecimiento personal, así como múltiples cursos creados por ella misma, le permitían ser libre, vivir alejada de todos los estereotipos que consumían a la sociedad. Era su propia jefa, viajaba cuando quería, volvía cuando se cansaba, no anhelaba tener pareja ni hijos, y vivía lejos de todo convencionalismo.

Miré al cielo. Su límpido azul era mancillado de vez en cuando por el vuelo de algún pájaro o por la textura algodonosa de una nube deshilachada. En mi espalda sentía la irregularidad del terreno, y la humedad que subía por mis vértebras y muslos. Escuchaba a lo lejos los vehículos que giraban en la rotonda y las risas y gritos de niños que jugaban en la zona de toboganes. Alguno lloraba: posiblemente una caída inoportuna. La brisa me traía canciones de los artistas en boga: C.Tangana, Ozuna… Grupos de adolescentes los escuchaban, sentados en corros, con esos odiosos altavoces inalámbricos. De vez en cuando pasaba algún perro, que se detenía a contemplarme con curiosidad, hasta que el silbido de su dueño le devolvía al paseo.

Lo había conseguido. Estaba prestando plena atención al momento. Pero lejos de sentir paz, unas gruesas lágrimas manaron de mis ojos. Lloraba tranquila, en silencio, como quien sabe que ya no tiene nada que perder. Pensé que estar muerto debía de parecerse a eso: la gente evolucionaba, jugaba, crecía, aprendía, el sol salía y se ponía, las estaciones avanzaban y las cosas a tu alrededor seguían pasando, pero tú sólo eras una mera observadora, porque en realidad no estabas, no tomabas partido en ellas.

Pensé en David y Marina, y en Cristina, y en Adán y Ángela, y en Alba y Cristofer, y en Paloma y Cristian, y en Jesús y Anabel, y en Noelia, y en José, y en muchas otras personas cuya amistad disfrutaba desde hacía ya muchos años, desde que éramos prácticamente niños. Pensé en ellos, y en la claridad con la que enfrentaban sus vidas adultas, llenas de sentido: “Queremos una casa y vivir siempre aquí”, “queremos tener ya un bebé”, “quiero viajar por el mundo y no ser de ningún sitio en concreto”, “quiero coleccionar coches clásicos, quizás algún día construya una especie de museo”, “quiero irme a Madrid y ejercer mi profesión allí, las ciudades pequeñas, como esta, me aburren”. Todos teníamos prácticamente la misma edad, les había visto evolucionar, caerse y levantarse, experimentar, y, por fin, encontrar su propósito, su Ikigai.

Y con casi 32 años, yo seguía sintiéndome tan perdida como aquella niña de 12 años que estudiaba 1º de ESO. Ejercía la profesión que siempre había querido, y ahora no tenía claro que esa vida de estrés constante fuese para mí. Tenía dinero, pero no lo utilizaba para nada útil. No sabía si quería irme de mi ciudad, o viajar por el mundo una temporada. Estaba convencida de que una vida reducida a un trabajo de lunes a viernes, a las letras de una hipoteca, y llevar a los niños al cole, para mí sería una vida desperdiciada, pero no tenía ni idea de con qué otra alternativa podía rellenar ese hueco. Había intentado en vano construir una relación de pareja sana y feliz, pero una y otra vez había fracasado, y me veía cada vez más lejos de cumplir, al menos, ese sueño, el de que el amor hiciese más respirable el aire de la celda en que se había convertido mi existencia.

La brisa había secado mis lágrimas. El sol empezaba a caer hacia el horizonte y las copas de los árboles se agitaban. Parecían decirme: “¡reacciona!”.

Me había pasado los últimos cuatro años de mi vida sobreviviendo, pero sin vivir realmente.

—Con la misma rapidez que se han pasado estos cuatro años, se pasarán los que vienen— me dije, en voz alta.

Me levanté del césped, y caminé en dirección a casa.

Tenía que dejar de ser una espectadora, y de brillar con luces prestadas. No sabía por dónde empezar, pero estaba harta de ver los años deslizarse hacia el sótano, oscuros, como recuerdos sin lustre ni significado.

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Categorizadas como Mi historia

Por Lucía González Rodiño

Comparto reflexiones e historias que quizá no se deberían compartir. Fragmentos de locura que apaciguan minutos. Ecléctica, porque cualquier cosa es susceptible de ser transformada en palabras. Y de la nada, puedes aprender de todo.

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