Un extraño en la cocina

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Al abrir la puerta de casa, escucho tintineo de platos y cubiertos en la cocina.

Esta mañana, Pablo iba a llevar a los niños al pediatra, y tenía cita a última hora, así que, asustada, entro con el corazón a punto de salírseme del pecho.

Un hombre de piel morena y pelo blanco, vestido con un traje negro y deportivas Asics, se gira al oírme entrar, y deja el vaso que estaba fregando en la encimera.

—¿Quién coño eres tú? ¿Qué haces en mi casa? ¿Cómo has entrado?

—Soy el diablo, puedo entrar donde me plazca.

—¡Venga ya! No creo en esas cosas. Dime cómo has entrado y qué quieres, o me veré obligada a llamar a la policía.

—Soy el diablo, porque soy capaz de atravesar cosas. Mira.

Dicho esto, observo ojiplática cómo se despegan sus pies del suelo unos centímetros, echa a volar despacio, y atraviesa la cristalera, apareciendo en el salón.

—¡¡Dios mío!!— exclamo, temblorosas mis piernas y mi voz.

—¡Chsssss! ¡No pronuncies esa maldita palabra! —dice, tapándose los oídos, con una mueca de dolor en su cara rubicunda.

—¿¡Qué quieres de mí!?

—Estoy aquí porque te he elegido como depositaria de la explicación de por qué lleváis siglos de historia rezando al bando equivocado.

—Lo primero que me deberías explicar es por qué narices vas vestido con traje y zapatillas de hacer deporte.

—Pues por aquello de no perder nunca la elegancia y, al mismo tiempo, poder llegar corriendo a los sitios. Soy un amante del running, pero también de las buenas formas —dice, con tal sonrisilla de pelele, que me dan ganas de meterle un guantazo. Es imposible que el demonio sea alguien tan sumamente cuñao, pienso.

—¿Y qué narices hacías fregando mis cacharros? —le digo.

—Creo que alguien tan importante como tú, no puede dejarse toda la mierda del desayuno sin recoger antes de irse a trabajar —responde.

—¿Se supone que tengo que tomarme lo de “importante” como un cumplido?

—Tómatelo como quieras, pero no me gusta la gente que no friega antes de irse. Me parece de una dejadez extrema.

«Debería de darle dos hostias y un rodillazo en los cojones a este tío», pienso. Pero la curiosidad me puede, y le digo:

—Venga, deposita en mí esa explicación. Pero te advierto de que ni me va ni me viene, nunca he creído en Dios, y por supuesto, en ti tampoco. Aunque me estás empezando a caer majete— le digo. Y es verdad. Me hace gracia. Menudo viejales, qué pinta de subnormal con ese traje y esas deportivas amarillo fosforito, cara morena y pelo blanquísimo peinado hacia atrás a lametazo, fregando mis cacharros. Es muy simpático. Igual le adopto como animal de compañía.

—Dios es un usurpador. Yo soy el bueno. Hace años, bueno, en realidad hace milenios, nos llevábamos bien, y teníamos un plan para que la humanidad fuese feliz. Pero un día nos enfadamos: él quería que el sexo dominante fuese el hombre, y yo, la mujer. Discutimos, nos peleamos, nos dimos de tortas, y él me ganó. Por eso después me aficioné a hacer deporte y al running, porque no quería seguir siendo un debilucho. Pero esa es otra historia. El caso es que él ganó, y me encerró en un jardín vallado. Ahí me ha tenido encerrado todos estos siglos, con mis mancuernas y mi pista de atletismo. Tuvo la delicadeza de que el jardín tuviese miles de hectáreas, así que no me he aburrido. Era el sitio donde criamos a Adán y Eva, el muy cabrón le encontró utilidad. No estuve del todo mal. Pero siempre he tenido una rabia enorme al ver que nuestro proyecto ha sido una mierda por su culpa. Guerras, dominación de unos pueblos sobre otros, injusticias, coronavirus…el mundo dista mucho de ser la cosa perfecta que planeamos. Por suerte, veo que el feminismo cada vez impera más, y la religión menos, cada vez hay más feministas, y menos monjas. Eso alimenta mi espíritu, me ha dado la fuerza para escaparme del jardín, y venir a darte a ti la noticia del advenimiento del Mesías verdadero, ósea, yo. Cuantas más feministas haya, más cerca estaremos de la salvación.

Durante unos segundos, parpadeo sin saber qué decir. Al final, suelto una carcajada.

—¡Tío, menuda película te has montado! Y, ¿se puede saber por qué me has elegido a mí para soltarme esta mierda?

—Eres, nada más y nada menos, que Irene Montero, ministra de Igualdad, ¿a quién si no?

Entonces, escucho la puerta abrirse. Es Pablo. Ya viene con los niños del pediatra.

—¡Hola, cariño! ¿Quién es este?

—Es el demonio. Yo tampoco me lo creía, pero que te cuente él.

Pablo nos mira como si hubiéramos perdido la cabeza.

—Qué bobada…

El demonio vuelve a repetir su hazaña de atravesar la pared. Pablo lo contempla con la boca muy abierta, y me mira con expresión alucinada.

—¡Hostias! —exclama.

—¡Te he dicho mil veces que no digas tacos delante de los niños!

—¡Es que esto es muy fuerte! ¡Verás cuando se lo cuente a Sánchez y a Echenique!

—Anda, ofrécele una cerveza al demonio. Tenemos mucho de que hablar, creo.

Acto seguido, yo acuesto a los niños, Pablo saca unas cerves y unas patatas fritas, y nos sentamos en los sofás del jardín. La tarde se intuye larga y provechosa. Un nuevo orden mundial puede surgir de aquí.

Publicados
Categorizadas como Historias

Por Lucía González Rodiño

Comparto reflexiones e historias que quizá no se deberían compartir. Fragmentos de locura que apaciguan minutos. Ecléctica, porque cualquier cosa es susceptible de ser transformada en palabras. Y de la nada, puedes aprender de todo.

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