Vacaciones

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Cuando llegué al restaurante del hotel, pensé que sería la última. Como siempre, se me había hecho tarde. La excursión que teníamos contratada a la “Cala Santa Isabel”, una de las maravillas de la isla, salía en veinte minutos.

Dani, Mike, Natalia, Mónica y Jesús ya estaban eligiendo comida en la línea de buffet provistos de bandejas. No me había dado cuenta del hambre que tenía. La noche había sido larga, y la música y el alcohol habían regado nuestros estómagos y almas con abundancia, así que la sensación de náusea que sentí al despertarme hizo que me acordase de todo, excepto de cualquier cosa comestible. Pero el aroma a repostería, huevos revueltos, y café recién hecho que flotaba en el ambiente, me instó a coger una bandeja y seguir a mis amigos.

Cuando todos hubimos terminado de escoger nuestros desayunos, nos sentamos a una de las mesas. A pesar de mis ganas de vomitar, me sentía en paz con la vida: estábamos juntos otra vez, y no a través de una pantalla; desde mi sitio se veía el mar, tan azul, que parecía pintado por un niño; el sol de la mañana teñía la estancia con una luz dorada; las servilletas y el mantel eran suaves, muy suaves; las mascarillas ya sólo eran un mal recuerdo.

—¿Dónde está Sandra? No le va a dar tiempo a desayunar— dijo Natalia. —No ha leído los mensajes del grupo. Se habrá quedado sobadísima. ¡Menuda llevaba anoche!

«Por una vez en la vida, no he sido la última en levantarme» pensé, y engullí una cucharada de macedonia.

—Está un poco rara. A lo mejor es que hace mucho que no la veo en persona, pero yo la noto muy callada. ¿Vosotros no?— dijo Mike.

—La pandemia y sus restricciones han dejado a medio mundo con ansiedad y depresión. Poco se habla de eso. Creo que la patología mental es la nueva pandemia, pero silenciada, porque de eso no interesa hablar, claro— comentó Dani. —No digo que sea el caso, pero es verdad que Sandra está tristona.

Dani siempre decía lo que todos pensábamos. Pero no me apetecía que la conversación derivase hacia la maldita pandemia, así que traté de desviar el tema.

—Bueno, pues un viajecito con sus amigos de toda la vida es lo que le hacía falta, igual que a todos. Estamos en el sitio correcto para curar las penas. ¿Qué os ha parecido el hotel?— dije, mientras miraba al mar y masticaba un bocado de croissant. El estómago ya no me daba volteretas, y me pedía más comida y café.

—Si me hubiéseis llevado a una aldea llena de cagarrutas de vaca, me habría parecido igualmente una maravilla, después de tanto encierro— dijo Jesús, riendo.

—Faltan 10 minutos para salir— dijo Mónica con un gesto de preocupación, mirando el móvil. —Voy a ir a buscar a Sandra. A lo mejor no se encuentra bien—. Se levantó, y todos la vimos desaparecer por la puerta del restaurante, dejándome sola en mi lado de la mesa.

Los siguientes instantes me quedé abstraída. Ya no recordaba lo que era una resaca. Mike dijo algo de los minutos de cortesía de los guías turísticos. Los cubiertos chocaban contra las vajillas, se oían tintineos por todas partes, a través de las conversaciones. De un sorbo, apuré mi café.

De repente, algo me sacó del ensimismamiento. A través del ventanal, pude ver cómo un pesado bulto que caía ocultaba momentáneamente la visión del mar, y se estrellaba contra el suelo con un golpe seco.

A partir de ahí, sólo pude oír gritos de las personas que estaban fuera. Hubo confusión, miradas inquisitivas y sorpresa entre los comensales del restaurante. Al igual que nosotros, muchos se levantaron, y miraron a través del ventanal.

Nunca olvidaré ese momento.

El cuerpo de nuestra amiga Sandra estaba en el suelo, horriblemente contorsionado. Una densa y oscura mancha empezaba a crecer alrededor de su cabeza, como una marea en dirección a la arena de la playa. La gente afuera chillaba y corría, como sin saber qué hacer. Alguien gritó: “¡Se ha tirado desde aquel balcón!¡Yo la vi!”.

El sol había palidecido.

Natalia salió corriendo como una exhalación hacia afuera. Jesús se dejó caer en una silla, con los brazos colgando a ambos lados de su cuerpo, y murmuró: “¿pero, qué has hecho?”. Dani se quedó lívido, con la boca entreabierta y la mirada perdida, inmóvil de pie. Mike se había dado la vuelta, como si no quisiera observar la pesadilla, y se había tapado la boca con una mano, mientras con la otra aún sostenía un trozo de pan. De pronto, noté que todo me daba vueltas. La vista se me oscureció. Me senté en el suelo, y acto seguido, un enorme vómito salió de mi boca, como una horrible erupción de desesperación.

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Categorizadas como Historias

Por Lucía González Rodiño

Comparto reflexiones e historias que quizá no se deberían compartir. Fragmentos de locura que apaciguan minutos. Ecléctica, porque cualquier cosa es susceptible de ser transformada en palabras. Y de la nada, puedes aprender de todo.

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