Olvidados

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El reloj marcaba las 00:35. Muy a su pesar, Diego cerró el libro y lo posó en la mesilla de noche. Sabía que, de no hacerlo, al día siguiente se quedaría irremediablemente dormido corrigiendo los exámenes de sus alumnos. Antes de apagar la luz, su mirada se cruzó con las letras del título, que se quedaron relampagueando en sus retinas unos instantes después de accionar el interruptor.

“El olvido que seremos”. Qué mejor título que aquel. Diego pensó en cómo el destino final de todos y de todo era siempre el olvido. Se giró en la cama y parpadeó en la oscuridad, mirando sin ver el lado que solía ocupar Mónica antes de irse con otro tío. Estiró su pierna en esa dirección, y contuvo el impulso de volver a encogerla al notar la frialdad de las sábanas. Ya no le dolía tanto, al final era verdad eso que le decían todos de que el tiempo obraba milagros en estas cosas. Recordó a su amigo Luis, que tanto le había sacado de casa en las primeras tardes tras el divorcio, a jugar al parque con su hijo Mario, revivió el alivió que sentía al saberse acompañado en aquellos momentos de desesperanza, y casi sin querer, pensó que el amarillo del sol que teñía aquellas tardes, era el mismo que el de las tardes de birras y futbolín de la facultad, con la música de “Héroes del silencio” sonando en los altavoces del bar, cuando nada o casi nada importaba más allá de apañárselas para aprobar los exámenes y conseguir que alguna chica les hiciese caso. Diego se preguntó en qué momento todo se había vuelto tan complicado, en qué suspiro sus padres se habían hecho mayores y dependientes de sus atenciones: “mamá, ¿te has tomado las pastillas?; papá, sal a caminar, te vendrá bien para el colesterol…”; esa era ahora la letanía diaria, así como la de recordar a sus alumnos que lo mejor que podían hacer era tratar de comprender lo que leían en lugar de memorizarlo cual papagayos. Contuvo una sonrisa, al verse de pronto a sí mismo con su cuerpo adolescente, repitiendo hasta la extenuación los párrafos del libro de Historia, con la intención de aprendérselos y vomitarlos tal cual en el examen. Pensó que quizás las vidas siempre seguían un ciclo, que todos estamos condenados a ser de una determinada manera de niños y jóvenes, creyéndonos acertados e invencibles, para luego olvidarnos de todos nuestros ideales y claudicar en la batalla, esa batalla que perdemos para siempre al pegarnos a la boca las frases manidas de nuestros padres, de nuestros profesores, de aquellos a los que creíamos idiotas y aburridos.

Volvió a girarse, y sin abrir los párpados, escuchó los sonidos de la noche: el escándalo cada cada vez más cercano del camión de la basura; el canto de los grillos, aún tímido, de finales de primavera; el crujido de los muelles de la cama del vecino de arriba. Recordó las primaveras en las que a aquellos sonidos se les sumaba la respiración pausada de Mónica, y se sorprendió a sí mismo notando alivio al estar solo en la cama. Sí, ella daba demasiado calor en las noches veraniegas. Un destello de culpabilidad brilló de forma fugaz, le siguió un sentimiento de autorreproche, al darse cuenta de que su mente había ligado la culpa con la conciencia de que por fin empezaba a no echarla de menos. Pensó que uno de sus grandes errores en la vida era haber sido siempre tan correcto con la gente. Por norma general, salvo sus padres, Luis y algunos amigos más de la facultad, nadie había sido tan considerado como él. Recordó con una mezcla de ternura y rechazo aquel curso en la EGB en que se había ofrecido voluntario para ser la mano derecha de don Carmelo, su tutor, y cómo ese inocente ofrecimiento el primer día de clase había sido el pistoletazo de salida de una carrera de burlas de sus compañeros. Qué lejos quedaba ya aquel año, y qué patentes sus efectos aún, pensó Diego, pues estaba convencido de que ese estúpido sentimiento de culpabilidad por sentirse bien venía de aquella época oscura, en la que el mensaje que había calado en su mente era: “tú no eres normal, si intentas entrar en el grupo de los normales, te haremos la vida imposible. Así que ya sabes”.

Una luz parpadeante se reflejó en la pared. El camión de la basura había llegado al contenedor de debajo de su piso. Al estruendo de los desperdicios cayendo le acompañó un tenue olor a podredumbre que entró por las rendijas de la persiana abierta. Durante unos segundos, Diego dejó su mente en blanco, pensando en cuánto tiempo tardaría en disiparse ese olor. Pensó en la basura, y en cómo en cierta forma, las personas nos parecemos a ella. El mundo se compone de pensamientos, emociones, sentimientos, anécdotas, días, noches y vidas que están condenadas a ser, a brillar, a creerse eternos durante un tiempo siempre limitado, para luego caducar, pasar y ser reemplazados por otros. Justo en el instante antes de quedarse dormido, supo que la frase “el olvido que seremos” escondía una de esas verdades universales. Podría ser el título de su autobiografía.

En realidad, de cualquier autobiografía.

Publicados
Categorizadas como Historias

Por Lucía González Rodiño

Comparto reflexiones e historias que quizá no se deberían compartir. Fragmentos de locura que apaciguan minutos. Ecléctica, porque cualquier cosa es susceptible de ser transformada en palabras. Y de la nada, puedes aprender de todo.

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